Cine japonés. ‘Una pastelería en Tokyo’ (‘An’) de Naomi Kawase

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*No os preocupéis por si aún no la habéis visto, pues la review no tiene spoilers ni comento detalles que destripen la historia, pero al final del artículo encontraréis en un desplegable a elección en el que hablo de ciertos elementos de la película de forma más concreta.

La semana pasada se estrenó en varios cines de toda España “An” de Naomi Kawase, traducida como “Una pastelería en Tokio” (horrible elección para mi gusto), la cual se basa en la novela de Durian Sukegawa con el mismo título. 

Naomi Kawase ( 河瀬 直美) Nara (Japón), 30 de mayo de 1969, es una directora de cine y escritora. Su obra gira en torno a la vida íntima, la búsqueda de los orígenes y de la identidad. En 1997 fue la cineasta más joven premiada de la historia del Festival de Cannes cuando ganó el “Premio Cámara de Oro” por su película Moe no Suzaku.

Kawase proviene de la fotografía y retoma a menudo su método de trabajo. Sus producciones son mezcla de géneros (documental, diario, relato íntimo, video de artista, meditación, poética, autobiografía, ensayo).

Su obra gira en torno a la vida íntima, la búsqueda de los orígenes y de la identidad con sus ausencias, sus ciclos y rituales. Sus primeras películas son documentales partiendo de su propia vida, la búsqueda de su padre, que la abandonó de pequeña (“En sus brazos”), su tía abuela que la cuidó de pequeña (“Katatsumori”) y su embarazo y parto (“Tarachime”).

Fuente: Wikipedia

La sipnosis de la película dice así:

“Sentaro tiene una pequeña pastelería en Tokio en la que sirve dorayakis (pastelitos rellenos de una salsa llamada “an”). Cuando una simpática anciana se ofrece a ayudarle, él accede de mala gana, pero ella le demuestra que tiene un don especial para hacer “an”. Gracias a su receta secreta, el pequeño negocio comienza a prosperar. Con el paso del tiempo, Sentaro y la anciana abrirán sus corazones para confiarse sus viejas heridas. “

El primer aspecto que me gustaría constatar es que fui con una idea preconcebida de lo que me iba a encontrar gracias a esta sipnosis, pues pensaba que iba a ser una historia tirando a ñoña o endulzada al máximo, y la verdad es que “Una pastelería en Tokyo” no es para nada una película de este tipo. No tiene para nada ese carácter de “película gastronómica” donde todo es mágico y especial que parece que nos intentan vender aquí, pues muy al contrario, pues aunque con partes de humor, pero no deja de ser un drama contenido que nos habla sobre la esencia humana.

Como apunte, las partes más centradas en los dorayakis y en el anko quedan un poco difusas dentro de toda la dimensión del largometraje, aunque sí que es el eje que mueve la historia al principio. Eso sí, preparad las ganas ingentes de comer dorayakis de Tokue que os van a entrar…

Volviendo al análisis de la película, esta gira entorno de los tres personajes principales: Tokue (Kirin Kiki), Sentaro (Masatoshi Nagase) y Wakana (Kyara Uchida). El espacio en el que confluyen es en la pastelería, y en el que queda patente que cada uno son entes solitarios sufriendo sus propias tragedias personales. Para mí, este es precisamente el punto fuerte de la película, estas tres personalidades, su fragilidad y soledad, cómo se relacionan entre sí y los silencios que comparten, todo con una basta cantidad de matices y sensibilidad, los cuales inevitablemente originan una fuerte emoción contenida.

Otro punto a destacar es la gran presencia de los cerezos, en flor al principio de la película, y cómo estos son mecidos suavemente por el viento. A medida que la historia avanza, vemos cómo irán pasando por las diferentes estaciones, simbolizando el inexorable paso del tiempo y la propia muerte. Los planos protagonizados por los sakura realmente son una delicia visual, como el conjunto de toda la fotografía de ‘Una pastelería en Tokio’, así como los planos, la música y los silencios.

 

He leído en muchos sitios que tachan la película de “sencilla” o “simple”, pero creo que es un juicio bastante injusto calificarla así. Creo que es precisamente por medio de la simplicidad “aparente” de la vida de estos personajes, la forma que tiene Kawase de abarcar sutilmente las diferentes temáticas de la exclusión social en la sociedad japonesa, la naturaleza, las relaciones humanas, la vejez o los diferentes obstáculos que encontramos en la vida.

Como parte negativa, destacaría cierto momento hacia el final de la película en que la narración adquiere un tono demasiado trascendente que para mi gusto no era del todo necesario, debido a que se puede intuir lo mismo mediante las pistas sutiles que van surgiendo a medida que avanza la historia. (Desarrollo esta parte un poco más en spoiler)

Para finalizar, me quedo con el que para mi es el mensaje de la película, y es el descubrimiento de las cosas importantes, el sentirse vivos, el “oír aquello que no se oye”, y así superar con dignidad los diferentes obstáculos impuestos por la vida.

Ciertamente, creo que la expresión “poema visual” resume perfectamente el tipo de película que es “An”, y a mi, me ha encantado.

El tema que no he querido mencionar fuera del spoiler es el de la enfermedad de Tokue, la lepra, pues creo que es algo inesperado y puede arruinar la película si aún no se ha visto.

Antes de nada, decir que, a pesar de que la cocina y esta enfermedad son una mezcla escabrosa, creo que el mérito de Kawase es la forma de manejarlo y contarlo, pues consigue que no nos importe en absoluto, incluso en las escenas de cuándo Tokue se queda sola en la tienda.

Respecto a lo que comentaba de que, para mi gusto, hay aspectos que hubiera estado mejor que los dejaran “insinuados”, con estas me refiero a algunas partes del discurso final de Tokue, pues aluden un poco al momento de “lágrima fácil” del que se intenta huir durante toda la historia. Creo que podrían haberlo omitido y dejar más cosas en el aire, sin la necesidad de ser tan explícitos, como en el momento en que Tokue le dice a Sentaro que ha sido como el hijo que nunca tuvo, pues es algo que queda patente a lo largo del film.

Otro aspecto a resaltar son los distintos reproches que encontramos a lo largo de la película hacia una sociedad que ha escondido y encerrado a estos enfermos de lepra hasta hace relativamente poco, así como su actitud hacia ellos, privándoles de toda dignidad privándoles de tener hijos o una simple lápida.

Por último, creo que el final, aunque predecible, es muy reseñable a nivel simbólico. Observamos como Sentaro y Tokue se reencuentran de nuevo, metafóricamente hablando, durante la floración de los cerezos, momento en que se conocieron por primera vez. La diferencia es que Sentaro, gracias a los consejos y utensilios de Tokue, consigue ser feliz y vivir con dignidad, precisamente lo que consiguió Tokue cuando la contrató en la pastelería.

 

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About Author

Publicista y Directora de Arte adentrada de lleno en el idioma y el mundo japonés. Actualmente cursando el Master de Estudios de Asia Oriental (UOC).

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